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Jóvenes vs COVID19: Los niños son la alegría

Joven protagonista |
06 de Mayo de 2020 / 11:00 am
Jóvenes profesores, especialistas y trabajadores de nuestra universidad enfrentan la COVID19

Llegó el domingo 19 de abril, y cuando en Cuba se celebran fechas históricas importantes, en un terreno al oeste de la capital, junto antes del cartel que da entrada a la provincia de Artemisa, sale el sol en la Universidad de las Ciencias Informáticas. Aquí les cuento lo que nos sucedió a los jóvenes que hace 12 días comenzamos la lucha contra la COVID, día 13 de trabajo, y un gran domingo para homenajear a los niños.

Es domingo, y no es diferente a los días anteriores, no podemos descansar, porque de nosotros depende el bienestar de los pacientes.

Bitácora del día.

Comenzamos con las energías cargadas, sobre todo cuando en sólo 2 días terminamos la labor, y sin dudas, hay que hacerlo bien. No vale de nada hacer las cosas bien por 12 jornadas, si al final se deja una mala impresión, hay que estar al 150% hasta el final.

Ya superamos las cifras de pacientes de días anteriores en nuestro centro de aislamiento y también el número de altas, apoyados por los resultados de las pruebas que han ido llegando regularmente. Se mantienen las 92 personas (45 sanitarios y 47 voluntarios de servicio y otras labores). 

Lo más relevante del día fueron las historias de niños, que hoy contamos. 

Marcas del día.

Llanto y cumpleaños.

Alrededor de las 2 de la tarde, estábamos sentados luego de repartir el almuerzo y nos contábamos historias que hoy quedan en la memoria. Llega de pronto en la guagua de la comida nuestro 10mo hombre, con unas jabitas con africanas, huevitos de chocolates, chicoticos, pastillitas de menta, los conocidos spongerush, y otros tantos dulces que hacían agua la boca.

Resulta que, en días anteriores, conversando con una de las pacientes, nos sugiere que deberíamos tener una atención diferenciada con los niños, porque ellos estaban sufriendo de manera especial esta situación. Y sí, es cierto. Resulta que los niños son los que más estaban sufriendo y aquella petición fue convertida en solución gracias al Consejo de Defensa provincial de La Habana que, en unas bolsas con un valor de 20 a 60 pesos cubanos, reunió estas “chucherías” para repartirlas a los menores de 12 años en nuestro centro de aislamiento.

Rápidamente contamos los niños que nos correspondían y los repartimos. Mis sobrinos postizos, Anthony y su hermano estuvieron más que contentos, y tuve el placer de ver esa sonrisa que mostraban aquellos ojitos que sabían que comiendo dulce se iban a dar un banquete. Sin embargo, al regresar el grupo me dijo: escribe esto en el diario, y aquí está la marca.

Uno de nuestros jóvenes, entre los de más experiencia, bajaba con lágrimas luego de llevar aquella bolsa de nylon, al preguntarle si había tenido un dolor nos comentó: “cuando entré y le di la bolsa, aquella niña la abrió, y al ver esa cantidad de dulces empezó a llorar.”

Todos nos quedamos en silencio, sabíamos lo que llega al corazón, todos tenemos un niño en la familia y cualquiera de ellos podía haber estado en esta difícil situación.

Pero la emoción no quedó allí. Teníamos que llevarle su bolsa a David, un niño de 5 años que medía unos 50 a 70 centímetros y le gustaba andar con una camisetica de Bob esponja. Usaba un nasobuco blanco hecho a la medida. Cuando llegamos, nos aguantamos fuerte las emociones, no vaya a ser que lloráramos como con la niña anterior, sin embargo, cuando David abrió su paquete, su sonrisa y una palabra nos removió tan fuerte como las lágrimas: ¡Gracias! nos dijo con una sonrisa enorme, a lo que su abuela nos respondió:

“Ayer fue su cumpleaños y el estaba triste porque no había podido celebrarlo con sus amiguitos, no tengo como pagar este gesto que han tenido con mi niño.”

Quizás David por su edad no recuerde en unos años este momento, quizás aquella niña que nos hizo llorar tampoco, pero sus familias y todos los que vivimos este domingo, guardamos este momento en que unos dulces alegraron la existencia de los más pequeños en nuestro campamento, como un gran momento, uno de los mejores de esta experiencia. Entre llanto y cumpleaños, nos seguimos emocionando.

Ana, ¡Felicidades!

Entre los que repartimos los dulces se encontraba un joven, cuyo guante tenía cuatro dedos, una historia que nos hacía reír desde el respeto y el cariño que le tenemos, pero que trabajaba con nosotros al mismo ritmo, sin tener un segundo de descanso.

Resulta que mientras repartía los dulces, una imagen le vino a su cabeza, su hija Ana que cumplía 5 años este día, y él andaba repartiéndole dulces a niños desconocidos, sin poder darle un abrazo y un beso a su niña.

Le grabamos un video, le escribimos “Ana Papá Te Quiere. Feliz Cumple” en su pecho, y hasta le cantamos felicidades a viva voz y desde nuestros corazones.

Quizás Ana no tenga internet y redes sociales para verse, quizás este cumple lejos de su papá no lo recupere con nada del mundo, pero aquí estaba ese papá, como muchos otros, sacrificando intereses personales por el bien colectivo, dándole alegrías a otros niños, y pensando con todo su corazón en su hija amada.

Para Ana y para todos los niños cuyos padres, madres y familiares trabajan sin descanso contra la COVID ¡MUCHAS FELICIDADES!

Este es un guerrero.

Este Domingo tuve guardia, teníamos 20 capacidades y en cuanto llegaran los pacientes había que llenarlas. Era una guardia sencilla y sin grandes emociones, pero en cuestiones de salud, cuando la vida humana está en juego, eso nunca se sabe.

Luego de acomodarnos con la doctora y los enfermeros estrellas de ese turno, empezaron a llegar los taxis.

Primero dos taxis ruteros con 6 personas cada uno: 5 niños y 7 adultos, una familia numerosa del municipio de Regla cuyo contacto en común dio positivo. Los niños de 7 a 12 años y todos saludables. Era la 1 de la mañana e hicimos todo bien rápido para ubicarlos lo más pronto posible. Una niña “jabada, (color de la piel que en Cuba se refiere a niños muy malditos), de unos ojos bien claros y penetrantes, al llegar al apartamento que le habíamos preparado me dijo mientras cerraba la puerta: "¡Gracias!", ya eso bastó para quitarme el sueño y disponerme a seguir a la espera de más pacientes.

Luego llegó una familia de 4 personas, a la cual atendimos y remitimos para un apartamento, eran familiares de una doctora, que comenzó a tener síntomas de erupción en la piel, y ante la sospecha se le hizo la prueba y dió positivo mientras cumplía con su labor. Estaban muy preocupados, pero luego de conversar con el personal de guardia, entendieron la necesidad de mantenerse aislados y seguros en nuestro centro.

Cuando ya pensábamos que todo había terminado llegaron 2 carros más, en el primero una sola mujer que al ser entrevistada refirió que había dado positivo a un test rápido de coronavirus. Ante esta situación decidimos hospedarla en nuestro centro esta noche, teniendo en cuenta que pasaban las 3 de la mañana y que, aunque era positivo, no presentaba síntomas, aunque al otro día debía ser remitida a un hospital donde si trataran casos positivos.

Es increíble como todos, aún sabiendo la condición de la mujer, la tratamos igual que al resto de los pacientes, y ella que estaba visiblemente preocupada por su salud, no dejaba de mostrar su mayor preocupación: “Mis 3 niños están en otro hospital, que mal me siento.” En ese momento tuve ganas de darle un abrazo bien fuerte y decirle: no estás sola. En vez de eso le expliqué todas las condiciones que tenía, y le dije para animarla: “Sus hijos están bien cuidados, ahora le toca cuidarse a usted”, a lo que ella sonrió mientras subía las escaleras hacia su apartamento y agradecía por el trato ofrecido.

Ya rozando las 4 de la mañana estaban terminando de hacer la historia clínica, medición de la temperatura, presión, y todos los análisis físicos que desde el punto de vista médico se recomiendan, y cual no sería mi sorpresa cuando descubrí que del segundo carro no se habían bajado 4 personas, sino 5. Una mujer de unos 60 años, cargaba en sus brazos a un bebé.

Alarmado al verlo, le comenté a la doctora al frente que cuál iba a ser el procedimiento, nosotros no contábamos con cunas u apartamentos diseñados para bebé. Pero teniendo en cuenta la hora y para evitar que siguieran en el carro rumbo a otro hospital, se tomó la decisión de dejarlos dormir aquí, a lo que la abuela asintió con la cabeza y nos dijo: “No se preocupen, este es un guerrero, no hace falta ninguna condición, el se adapta a cualquier cosa.”

La acompañé con su niño en brazos hasta el apartamento que estaba previsto, la ayudé a tender la cama y a desdoblar un pañal, el cual coloqué en el centro de la sábana para que el bebé pudiese dormir encima de él.

Unos segundo más tarde, cuando lo bajó de su hombro y lo acostó en la cama, se sintió el llanto por el movimiento, un llanto de bebé que a las 4 y 30 de la mañana era un sonido fuerte, pero su abuela tenía razón, ese era un guerrero, dos palmaditas suaves y el inicio de una canción de cuna lo ayudaron a dormirse. Allí quedó con sus dos manitas hacia arriba, sus dos pies abiertos, acostado en una camita que le quedaba inmensa, observado por los ojos de su abuela que estaba preocupada por su hija, caso positivo, y por los 3 vecinos de ellos que los acompañaban, al ser contactos del caso positivo.

Me retiré de la habitación viendo al niño descansar. Lo hice con la alegría de que realmente se le veía tranquilo y cómodo. Además, tenía la tranquilidad de que su abuela era una guerrera igual que él. Me decía “Gracias mijito, y tranquilo que nosotros vamos a sobrevivir”.

Cinco menos cuarto de la mañana, a esa hora comencé a escribir esta crónica. Por supuesto que ya casi amanece y comienza el día 13, pero estas historias hay que contarlas, no para que vayan a un lugar especial, sino para que, al pasar los años, todos recuerden en esta lucha contra la COVID, la aventura de los niños que he descrito hoy.

Pienso en mis sobrinos que hace 13 días no me ven, pienso en los hijos y hermanos de mis compañeros, pienso en esos niños cuyos padres y madres son positivos a la enfermedad. Pienso, me entristece, síntoma de que tengo sangre en las venas.

Y aquí mi mensaje: cuiden mucho a los niños, mantengan sanos a esos príncipes y princesas, a la esperanza del mundo como dijo Martí, a los que saben querer, a los guerreros de la inocencia. Porque cuando todo esto acabe, en tenerlos a ellos sanos y felices, tendremos la mejor de las medallas y el mejor de los premios a nuestra VICTORIA.

Hasta mañana diario.